4 février 2012

Los culpables de la crisis. Las mentiras de Botín. Juan Torres Lopez

El título de este artículo puede parecer demasiado fuerte y yo mismo reconozco que lo es. Pero es que me resulta muy difícil creer que el dueño de uno de los bancos más grandes del mundo esté tan mal informado de lo que viene ocurriendo en la economía y las finanzas mundiales como para decir lo que acaba de decir sobre los culpables de la crisis. Puede ser que le suceda lo que el Premio Nobel Stiglitz dice que le pasa a los banqueros centrales, que no ven la realidad porque están muy ideologizados y solo leen aquello que corrobora sus ideas. Pero incluso así, suponiendo que las declaraciones públicas de Botín fueran simplemente el resultado de su ignorancia, lo cierto es que con ellas engaña a la gente. Y es por eso que me parece justo calificarlas como mentiras o patrañas.

Los culpables de la crisis son los bancos

Acaba de declarar Botín anunciando los resultados de su banco que los responsables de la crisis son los políticos porque "no han sabido manejar la situación" (Público, 31-01-2012, "Botín culpa a los políticos de la crisis mundial".

Es mentira. Incluso alguien tan poco sospechoso de izquierdismo como Warren Buffet, uno de las tres o cuatro inversores más ricos del mundo, lo dijo claramente: "Los bancos se han expuesto demasiado, han asumido demasiados riesgos. Así que el problema es evidentemente de los bancos. Son quienes tienen la culpa. No hay por qué echársela a nadie más" (El País, 25-05-2008, "Los bancos tienen la culpa".

Y esa es la verdad. Hoy día sabemos a ciencia cierta que los responsables últimos y directos de haber causado todo lo que ha pasado en la economía mundial han sido los bancos.

- Los bancos han provocado la crisis porque dejaron de cumplir su función de intermediarios entre el ahorro y la inversión productiva para destinar los recursos que recibían y creaban a la especulación improductiva.

- Los bancos han provocado la crisis porque, para ello, crearon y difundieron millones de productos financieros opacos y muy arriesgados, muy rentables inicialmente pero sumamente peligrosos a poco que cambiara la situación, como el tiempo demostró, es decir, pura basura financiera. La fueron acumulando en sus balances mientras traspasaban el riesgo a otros bancos o a los demás sujetos económicos y así dieron lugar a la crisis financiera.

- Los bancos han provocado la crisis porque para difundir esos productos basura recurrieron a todo tipo de artimañas, fraudes, engaños, estafas, mentiras y trampas ante su clientela. Solo en España los jueces han dictado ya más de 400 sentencia condenatorias contra los bancos por colocar a sus clientes "swaps", permutas financieras o "clips", entre otras denominaciones comerciales, como si fueran un seguro ante la variación en los tipos de interés cuando en realidad era productos muy arriesgados que solo favorecían a las entidades bancarias (El Economista. Y esos 400 no son todos los casos porque la Asociación de Usuarios Afectados por Permutas y Derivados Financieros (Asuapedefin) calcula que en España existen entre 200.000 y 400.000 particulares y minoristas con este tipo de productos financieros (El Economista, 14-11-2011, La banca acumula más de 400 sentencias en contra por los 'swaps' hipotecarios). Y hay también otros 700.000 ahorradores españoles afectados por la estafa de las llamadas participaciones preferentes que los bancos colocaron también engañosamente sus clientes por un volumen total de unos 12.000 millones de euros, (TVE, El fraude de las preferentes).

- Los bancos han provocado la crisis porque para ocultar y disimular todas esas estafas contrataron a las agencias de calificación que calificaron como de máxima solvencia a las hipotecas y los derivados que colocaban en el mercado, creando así el clima de engaño y de falsa seguridad necesario para *multiplicar la difusión de millones de productos financieros que en realidad eran pura basura financiera.

- Los bancos son culpables de la crisis porque ellos mismos y sus empresas de tasación han sido los responsables directos de la subida de precios de la vivienda y de las burbujas inmobiliarias, lo que les convenía para que así aumentara el volumen de créditos que ofrecían a sus clientes.

- Los bancos son culpables de la crisis porque han abusado de su capacidad de creación de dinero mediante la generación de crédito saltándose para ello a la torera todas las reglas de la prudencia bancaria, dando créditos hipotecarios a más del 100% del valor de las viviendas o a empresas por encima de los niveles aconsejables.

- Los bancos son culpables de haber provocado la crisis porque, para aumentar sus beneficios, disimularon mediante trampas contables el riesgo que acumulaban y no acumularon el volumen de reservas necesario para hacer frente a la morosidad que irremediablemente iba a producirse como consecuencia de su propia política de sobreendeudamiento.

- Los bancos son culpables de la crisis porque es evidente que durante los últimos años han hecho todo lo que ha estado en sus manos para que los gobiernos aplicaran las políticas que han producido la gran desigualdad que a ellos les conviene para que los niveles altos de renta les proporcionen grandes volúmenes de ahorro y los bajos tengan que endeudarse más.

- Los bancos son culpables de la crisis por haber utilizado los paraísos fiscales y por ser los instrumentos necesarios para que se pueda llevar a cabo el fraude y la evasión fiscal que se encuentra a niveles tan desorbitados. Los bancos se han convertido en cooperadores necesarios del engaño a Hacienda y ellos mismos en una fuente principal de evasión de ingresos, disminuyendo así la capacidad de actuación de los gobiernos.

- Los bancos son culpables de la crisis por haber financiado también a la clase política más corrupta para que llevara a cabo las medidas de desregulación y permisividad que han ido necesitando para salir adelante.

- Los bancos son culpables de la crisis porque su actuación irresponsable les ha llevado a la quiebra impidiendo así que las empresas y consumidores dispongan de la financiación que es imprescindible para poder funcionar y crear empleo.

- Los bancos son culpables de la crisis porque, cuando estalló, en lugar de asumir el daño que habían provocado engañaron a los gobiernos y a la sociedad haciendo creer que se trataba de una situación pasajera cuando en realidad habían perdido toda su solvencia. Y porque reclamaron entonces y siguen reclamando ayudas y más ayudas como si fueran las últimas cuando saben perfectamente que todas las que reciban serán insuficientes puesto que su agujero patrimonial es gigantesco y los problemas que eso ha creado en el sistema bancario internacional es sencillamente irresoluble bajo las condiciones en que ha venido funcionando.

- Los bancos son culpables de la crisis por haber impuesto una política de retribuciones astronómicas a sus directivos para lograr así el aumento de sus beneficios con independencia de cualquier consideración ética o de los efectos de su actuación en el conjunto de la economía y la sociedad.

- Y, en fin, los bancos son culpables de la crisis porque es evidente que son ellos quienes están imponiendo las políticas que en lugar de permitirnos salir de la crisis es evidente que no llevan a una fase aún peor, de depresión, que sufriremos durante años.

La banca y la clase política

Miente también Botín cuando echa la culpa de la crisis a la clase política ocultando que la clase política no ha actuado motu proprio sino presionada constantemente por los bancos que se presentan ahora como los mercados.

Los bancos financian a los partidos, pagan a periodistas, son los dueños efectivos de los medios de comunicación, dominan incluso la decisión de los rectores universitarios y de los lideres de opinión. Son los que tienen el poder real en nuestras sociedades.

Así lo prueba mejor que nadie el propio Emilio Botín que solo gracias a que tiene más poder real que los gobiernos puede actuar con impunidad y cometer todo tipo de actos irregulares sin que sea condenado por ello. Así, según informó El País, consiguió que la entonces Secretaria de Estado de Justicia y posteriormente Vicepresidenta del Gobierno cursara al Abogado del Estado "instrucciones sobre su actuación en el caso de las cesiones de crédito", concretamente, pidiendo que no se dirigiera "acción penal alguna por presunto delito contra la Hacienda Pública, contra la citada entidad bancaria o sus representantes". Gracias a ello, ni siquiera fue juzgado por unas irregularidades financieras por las que la acusación solicitaba para el presidente del Banco de Santander "un total de 170 años de prisión y una multa de 46.242.233,92 euros (7.694.060.334 pesetas), además de una responsabilidad civil de 84.935.195,86 euros (14.132.027.499 pesetas), que es el perjuicio causado con su actuación a la Hacienda Pública". (El País, 27-05-2008, "Rato atribuye la decisión de no perseguir a Botín en 1996 a De la Vega").

Como también lo prueba el que Botín haya conseguido que el gobierno ya en funciones de Rodríguez Zapatero indultara de forma vergonzosa y vergonzante al consejero delegado del Banco de Santander condenado en firme por delinquir en el ejercicio de su actividad bancaria.

Las declaraciones de Botín ni siquiera se pueden considerar una verdad a medias. Como he demostrado en otros artículos, es verdad que la gran estafa cometida por los bancos no habría sido posible sin la complicidad de la mayoría de las autoridades, de gobiernos y bancos centrales que modificaron las leyes para que pudieran llevar a cabo sus tropelía, que miraron a otro lado cuando engañaban a la gente y cuando generaban el riesgo tremendo que se sabía que antes o después estallaría llevándose por delante a la actividad de millones de empresas y empleos. O que, ya en plena crisis, se han dedicado a salvar el bolsillo de los bancos y banqueros dándoles billones de euros a costa de los contribuyentes. Pero eso ha sido y es así, como he señalado, porque el poder real no lo tienen esas autoridades sino porque los bancos están llevando a cabo, en palabras de Habermas referidas concretamente a Europa, "la demolición de la democracia" imponiéndose cada vez más sobre los poderes representativos e incluso, como está sucediendo recientemente, suplantándolos directamente. Por eso no es nada de extrañar que Botín alabe al nuevo gobierno, es el suyo: un colega banquero, nada más y nada menos que procedente de Lehman Brothers, es el ministro de Economía y el director de la asesoría jurídica de su banco ha sido nombrado subsecretario de Presidencia (ver "Gobierno de España S.A.", Público 29-01-2012)

Y también fabula Botín cuando afirma que la reforma laboral es urgente para crear empleo y para resolver los problemas que ha planteado la crisis. Pero de eso me ocuparé en otro artículo que publicaré en los próximos días.
__________________

3 février 2012

Para entender la sumisión ciudadana que nos domina. Pascual Serrano

¿Cómo se explica que los norteamericanos acepten que su presupuesto se dedique a asesinar a iraquíes mientras se quema California?, ¿o que los españoles voten a José María Aznar, quien ha conseguido que el número de militares muertos en su política contra el "terrorismo" mundial supere a las víctimas de ETA?. ¿Por qué alemanes o nórdicos asisten impasibles al desmantelamiento de su Estado del Bienestar?. ¿Quién puede entender que los españoles estén indiferentes practicando surfing en las playas de Cádiz mientras yacen en la arena los cadáveres de inmigrantes que intentan cruzar el estrecho de Algeciras?. ¿Por qué la opinión pública internacional acepta silenciosamente la desarticulación de la legislación internacional en la invasión de Iraq, la violación del derecho humanitario en Guantánamo o el final de la legitimidad de las Naciones Unidas?.

La siguiente anécdota es reveladora del desolador panorama que nos domina. Hace unos días, una administración local española planteaba cerrar dos centros de trabajo. Aunque el carácter funcionarial de los empleados impedía el despido, a éstos se les explica en una reunión que se cambiarán sus turnos de trabajo, perderán varios pluses económicos, no existirá en principio un criterio equitativo y transparente para la recolocación ni tampoco se informa de en qué órgano legislativo se ha decidido el cierre de los centros. A continuación, el alto cargo pide que los trabajadores manifiesten sus posiciones, reclamaciones o comentarios. Un empleado de los de mayor titulación pide la palabra y pregunta: “¿El cierre será el 31 de diciembre o el 1 de enero?. Es para organizarme las vacaciones”.

Este ejemplo nos dibuja el paisaje de sumisión y conformismo que se divisa entre la población. Durante siglos los pueblos han luchado por mejorar sus condiciones de vida, en la búsqueda de una sociedad más justa y desigual. En esa causa, millones de seres humanos dieron su vida enfrentándose a crueles dictaduras. Hoy, sin necesidad de esa represión, en los países desarrollados se asume la pérdida de derechos sociales conquistados y no se atisba un movimiento crítico de contestación a los atropellos de los poderosos.

Eso es lo que intenta analizar Marcos Roitman explicando lo que denomina el "pensamiento sistémico". Asistimos a "un rechazo hacia cualquier tipo de actitud que conlleve enfrentamiento o contradicción con el poder legalmente constituido". La guerra, la explotación y la competitividad, elementos todos ellos aberrantes de cualquier modelo de convivencia, son aceptados masivamente. "Nos entristece la injusticia, nos afectan emocionalmente las noticias que hablan del renacer de la esclavitud infantil, de la venta de órganos humanos, del comercio de niños, de la muerte por hambre. Es más, llegamos a encolerizarnos cuando nos muestran fotos y escenas donde se observan los horrores de las guerras. No soportamos tampoco a dictadores, caudillos y somos alérgicos a la arbitrariedad. Llegamos a defender el medio ambiente y la naturaleza. Nos identificamos con todo tipo de causas justas y valoramos en mucho la amistad, pero nuestro quehacer cotidiano es contrario a dichos postulados. Nos convencemos de la paradoja del conformismo", dice Roitman.

El autor analiza desde diferentes perspectivas el origen del social-conformismo. "El grado de satisfacción obtenido al ver simplificada su existencia le otorga [al individuo] la tranquilidad y confianza necesaria para buscar el placer y huir del estado de conciencia que obliga a pensar y reflexionar sobre la condición humana". El individuo crítico es socialmente sancionado: "Pretender ejercer el juicio crítico y la facultad de pensar puede considerarse un signo de inadaptación al medio, ser identificado como un enemigo, constituirse en un peligro social y, por ende, ser acusado de alterar el sistema y condenado al ostracismo". Es el síndrome de "perro verde" que se adueña de cualquier individuo crítico.

El control social sobre el disidente es fundamental en el pensamiento sistémico: “La autocensura. Los principios del sistema se fundamentan en dicho autocontrol. Las formas tradicionales donde la locura social era aducida por el poder para encarcelar y doblegar la voluntad, se recrea, hoy en día, por la vía de los argumentos provenientes de la psicología conductista. Controlar la diferencia pasa a ser una responsabilidad compartida por todos los miembros del sistema”.

El origen de este pensamiento lo sitúa Roitman en los ochenta "al confluir dos corrientes de pensamiento antes antagónicas: exanticapitalistas y poscapitalistas". Nuestros modelos políticos se fundamentan en la construcción de una ciudadanía desligada "del ejercicio pleno de la participación en los procesos de toma de decisiones colectivas". La política se restringe a "una actividad profesional tendiente a garantizar la gobernabilidad y el funcionamiento de las instituciones". Los partidos políticos "pasan a ser un objeto más de consumo en el mercado, y los políticos se transforman en cazadores de movimientos sociales y creadores de organizaciones no gubernamentales". La política "pierde todo su contenido transformador en tanto acción social". Es fundamental el “lenguaje políticamente correcto, cuyo reconocimiento no afecta las relaciones sociales de explotación, exclusión y dominio del capitalismo”.

El sistema educativo tiene su responsabilidad en la conformación del pensamiento sistémico, asistimos a una educación fundamentada en "acatamiento y la disciplina a la dinámica interna del sistema". El papel de los medios también es importante. "Periodista informados pero no formados, sociólogos sin sociología, historiadores que desconocen la historia; todos eso sí, creadores de opinión pública, editorialistas y divulgadores. Usted debe ser un receptor de mensajes para el consumo".

El socialconformismo incorpora tiene un componente filosófico: “La búsqueda del placer inhibitorio de conciencia reorienta los deseos hacia los objetos. La máxima felicidad es la que emana de la posesión de objetos para aumentar el grado de placer; reduciendo las perspectivas de felicidad”. “El sistema proporciona los elementos para lograr el máximo de solidaridad y seguridad entre los operadores. Entramos en la autopista de la comunicación lineal. Respete los códigos y se salvará de cualquier peligro”, afirma Roitman.

En nuestra sociedad, “pensar se resuelve en el deseo de comprar. La vida es un continuo ir y venir desde y hacia el mercado. (…) El ser humano se transforma, en esta dinámica, en un animal de compañía para el mercado”.

En conclusión, “el pragmatismo, la sociobiología, el individualismo metodológico, la teoría de sistemas, el conductismo, la teoría de la acción comunicativa, la pragmática lingüística, amén de las teorías de la calidad de la democracia elitista y de la gobernabilidad se unen para levantar el edificio de un comportamiento complejo como el social-conformista”.

Pero la salida no es imposible. Se trata de crear “espacios de poder y participación emergentes” que faciliten “la construcción de sujetos políticos alternativos”.

La alternativa para Marcos Roitman es clara: “Es cierto, el mito del socialismo no ha podido imponer con fuerza sus argumentos de justicia social, democracia e igualdad. Pero ello no debe ser considerado fracaso del socialismo y éxito de la explotación capitalista. Hoy, a más de cinco siglos de progreso capitalismo ningún país capitalista ha realizado los programa y proyectos de los cuales dice ser portador material. Ni pleno empleo, ni igualdad de derechos, ni educación, ni vivienda, ni eliminación del hambre, ni democracia han configurado la historia de los países industrializados”. “Los ideales de democracia social, económica, étnico-cultural, la erradicación de la pobreza e injusticia social son objetivos prioritarios para el surgimiento de una ciudadanía con pleno reconocimiento material de sus derechos registrados sólo formalmente”.

Marcos Roitman Rosenmann. “El pensamiento sistémico. Los orígenes del social-conformismo”. Siglo XXI Editores. México 2003.

18 décembre 2011

Nuestro breve siglo. por Jürgen Habermas

I. Las continuidades poderosas

El umbral del próximo siglo atrapa nuestra imaginación porque nos lleva a un nuevo milenio. Este corte del calendario se debe a una cronología construida por una historia providencial, cuyo punto cero es el nacimiento de Cristo que, desde esa perspectiva, significó una interrupción en la historia universal. Al final del segundo milenio los planes de vuelo de las compañías aéreas internacionales, las transacciones globales de las bolsas de valores, los congresos mundiales de los científicos, más todavía, los encuentros en el espacio sideral, se ordenan de acuerdo con la cronología cristiana. Pero estas cifras redondas, producto de la división de un calendario, no explican los nudos temporales que son los mismos acontecimientos históricos. Cifras como 1900 ó 2000 carecen de significado si las comparamos con los datos históricos de 1914, 1945 ó 1989. Pero, sobre todo, los cortes del calendario ocultan la continuidad de las tendencias que vienen de muy atrás de una modernidad social, que pasarán intocadas el umbral del siglo XXI. Antes de abordar la propia fisonomía del siglo XX quisiera recordar las tendencias de larga duración que han recorrido el siglo, tomando el ejemplo de (a), el desarrollo demográfico, (b) los cambios en el mundo del trabajo y (c) el currículum del progreso científico y técnico.

A) Desde principios del siglo XIX comenzó en Europa un crecimiento vertiginoso de la población como consecuencia directa del progreso en la medicina. Desde mediados de nuestro siglo, este desarrollo demográfico que mientras tanto se detuvo en las sociedades prósperas ha continuado en el Tercer Mundo de manera explosiva. Los expertos no cuentan con un equilibrio antes del año 2030, con una población de diez mil millones de seres humanos. Vale decir, a partir de 1950 la población mundial se ha quintuplicado. Detrás de esta tendencia estadística se oculta, en efecto, una fenomenología rica en cambios.

A principios de nuestro siglo, el crecimiento explosivo de la población era percibido por sus contemporáneos como un fenómeno de masas. Pero aun entonces este fenómeno no era muy nuevo. Antes de que Gustave LeBon se interesara por la psicología de las masas, la novela del siglo XIX describió la concentración masiva de individuos en las ciudades y en los barrios, en las fábricas, las oficinas y los cuarteles, así como también la movilización masiva de trabajadores y emigrantes, de manifestantes, huelguistas y revolucionarios. No obstante, a principios del siglo XX por primera vez esas corrientes, organizaciones y acciones masivas se condensaron en fenómenos hegemónicos que dieron lugar a la visión, por ejemplo, de José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. En las movilizaciones masivas de la Segunda Guerra mundial, en la miseria masiva de los campos de concentración, así como en las migraciones masivas de fugitivos y en el caos masivo de las displaced persons se despliega un colectivismo que se había anunciado en la imagen del Leviathan de Thomas Hobbes. En esa imagen, los innumerables individuos anónimos se han fundido en un macrosujeto todopoderoso y colectivo. Sin embargo, desde la mitad de este siglo se ha transformado la fisonomía de las grandes cifras. La presencia de miles de cuerpos reunidos y aprisionados en una marcha constante se ha transformado en la inclusión simbólica de la conciencia de muchos individuos en las redes de comunicación cada vez más amplias y abarcantes. Las masas concentradas se convierten en el público disperso de los medios masivos de comunicación. Las corrientes físicas de tráfico van en aumento: las redes electrónicas y sus puertos o conexiones individuales han transformado en un anacronismo a las masas reunidas en las calles y las plazas. En efecto, el cambio de la percepción social ya no se explica por la continuidad del crecimiento demográfico.

B) De igual modo se han llevado a cabo los cambios en el mundo del trabajo, en ritmos largos que trasponen el umbral de nuestro siglo. La introducción de métodos de producción que ahorran trabajo, vale decir: el aumento de la productividad es el motor de este desarrollo. A partir de la revolución industrial en la Inglaterra del siglo XVIII, la modernización de la economía ha seguido la misma secuencia. La masa de la población trabajadora que desde hace siglos laboraba en el campo se desplaza primero al sector secundario, la industria productora de bienes, luego al sector terciario, el del comercio, el transporte y los servicios. Mientras tanto las sociedades postindustriales han desplegado un cuarto sector, el del conocimiento, que domina muchas actividades y sectores, como las industrias high-tec, los bancos o la administración pública, que dependen de la afluencia de nuevas informaciones y, en el último tiempo, de investigaciones y avances en los sistemas de la informática. Todo esto se debe sin duda a una "revolución en el sistema educativo" que no sólo suprime el analfabetismo, sino que lleva también a una drástica ampliación de los sectores secundarios y terciarios. Mientras la educación superior perdía su carácter elitista, las universidades se convirtieron a menudo en los centros de la rebelión y del descontento político.

En el transcurso del siglo XX este modelo no ha cambiado, pero su tiempo ha venido acelerándose. Desde principios de los años sesenta, Corea dio el salto de una sociedad preindustrial a una sociedad postindustrial, bajo las duras condiciones de una dictadura del desarrollo y en los años de una sola ronda generacional. Esta aceleración explica que un proceso tan conocido como la migración del campo a la ciudad haya adquirido, en la segunda mitad del siglo XX, una nueva y sorprendente cualidad. Dejando a un lado a China y al continente africano del Sahara hacia abajo, el violento salto productivo de la economía agraria mecanizada casi ha despoblado al sector agrario. En los países de la OCDE, la población activa en una economía agrícola altamente subvencionada alcanzó la histórica cifra de -10%. En la experiencia del mundo de la vida corriente esto significa una profunda ruptura con el pasado. Desde el neolítico hasta muy avanzado el siglo XIX la vida en las aldeas o los pueblos imprimió, sin duda, el mismo sello a todas las culturas, y se ha convertido ahora en una trampa dentro las sociedades industriales. La decadencia del campesinado ha transformado de raíz la relación tradicional del campo con la ciudad. Más del 40% de la población mundial vive hoy en las ciudades. Este proceso de metropolización destruye la ciudad misma, esa forma de vida urbana que se originó en la antigua Europa. Aunque la ciudad de Nueva York, el núcleo mismo de Manhattan, nos recuerde de modo incierto al Londres y al París del siglo XIX, las desbordadas regiones urbanas de la Ciudad de México y de Tokio, de Calcuta y Sao Paulo, de El Cairo y Seúl o Shangai han destruido para siempre las dimensiones comunes de "La Ciudad". Los desvanecidos perfiles de estas megalópolis que se multiplican desde hace dos o tres decenios nos dan la idea de una realidad que no entendemos y cuyos conceptos nos faltan.

C) Por último, una tercera continuidad es la cadena que forma el progeso científico y técnico y sus definitivas consecuencias sociales que avanzan a través de los siglos. Las nuevas materias primas y formas de energía, las nuevas tecnologías industriales, militares y médicas, los nuevos medios de transporte y comunicación que durante el siglo XX transformaron la economía, así como las formas de vida y del intercambio social, se debieron al conocimiento científico y los desarrollos técnicos del pasado. Los éxitos de la técnica, como el dominio de la energía atómica y los viajes al espacio, las innovaciones, como el descubrimiento del código genético, y la introducción de tecnologías genéticas en la agricultura y la medicina transforman nuestra conciencia del riesgo, nuestra misma conciencia moral. No obstante, esas conquistas espectaculares permanecen dentro de los mismos caminos trazados desde hace mucho tiempo. A partir del siglo XVII no ha cambiado nuestra actitud instrumental ante una naturaleza tranformada por la ciencia. Aun cuando nuestra intervención en la estructura misma de la materia sea más profunda que antes y nuestros avances en el cosmos más insólitos que nunca, no ha cambiado tampoco el modo del dominio técnico, la decodificación de los procesos naturales.

La vida diaria saturada de tecnologías exige de nosotros los legos, como siempre, un trato trivial con aparatos y sistemas que no entendemos, una confianza habitual en el funcionamiento de técnicas y redes de transmisión que ignoramos. En sociedades altamente industrializadas, todo experto se convierte en un lego frente a otros expertos. Max Weber había descrito ya la "ingenuidad secundaria" que nos domina cuando manejamos el radio de transistores, el teléfono celular, las calculadoras de bolsillo, los videocasettes y sus reproductoras o las computadoras portátiles. Quiero decir, la manipulación de aparatos electrónicos conocidos cuya fabricación resume el conocimiento acumulado de varias generaciones de científicos. A pesar de las reacciones de pánico ante el anuncio de desperfectos y peligros de estas técnicas y aparatos, la inclusión de lo que no entendemos en el mundo de nuestra vida diaria apenas se ha visto amenazada, en algunos momentos, por la duda que nutren los medios masivos de comunicación acerca de la confiabilidad del conocimiento de los expertos y de la gran tecnología. La creciente conciencia del riesgo no perturba la rutina diaria.

El perfeccionamiento de las técnicas de comunicación y tránsito tiene una importancia muy distinta para el cambio a largo plazo del horizonte de nuestra experiencia cotidiana. Los viajeros que emplearon, en 1830, los primeros ferrocarriles habían narrado ya sus nuevas percepciones del espacio y el tiempo. En el siglo XX, el automóvil y la aviación civil aceleraron todavía más el tráfico de personas y el transporte de bienes de consumo y redujeron también de modo subjetivo las distancias. Nuestra conciencia del tiempo y el espacio ha sido transformada de otro modo por las nuevas técnicas de transmisión, acumulación y procesamiento de datos e informaciones. En la Europa de fines del siglo XVIII la impresión de libros y periódicos contribuyó al nacimiento de una conciencia histórica global y dirigida al futuro. A fines del XIX, Nietzsche se lamentaba del historicismo de una élite ilustrada que todo lo convertía en presente. Mientras tanto, la separación entre el presente y un conjunto de pasados, que nuestra vista cosifica, se ha apoderado de las masas de turistas ilustrados. El periodismo masivo es también resultado del siglo XIX; pero el efecto "máquina del tiempo" que producen los medios impresos se ha incrementado por la fotografía, el cine, el radio y la televisión. La distancias espacio-temporales ya no se "superan": desaparecen sin dejar huella en la presencia ubicua de realidades virtuales. La comunicación digital supera finalmente a todos los otros medios en alcance y capacidad. Cada vez más individuos pueden obtener más rápido cantidades diversas de información, procesarlas e intercambiarlas simultáneamente a través de grandes distancias. Todavía no podemos apreciar las consecuencias intelectuales de Internet, que se opone de modo más decisivo a las costumbres de nuestra vida diaria que un nuevo aparato electrodoméstico.

II. Dos rostros del siglo

Las continuidades de la modernidad social que atraviesan el calendario del siglo nos enseñan de modo insuficiente lo que caracteriza al siglo XX. Por esta razón, los historiadores rigen la puntuación de sus narraciones más de acuerdo con los sucesos que con los cambios de tendencias o de estructuras. El rostro de un siglo va tomando forma por la irrupción de grandes acontecimientos. Entre los historiadores que todavía están dispuestos a pensar en grandes unidades existe hoy un consenso: al "largo" siglo XIX (1789-1914) le ha sucedido un "breve" siglo XX (1914-1989). El comienzo de la Primera Guerra mundial y el desmoronamiento de la Unión Soviética dan el marco a este antagonismo que atraviesa dos guerras mundiales y la guerra fría. Esta puntuación deja espacio, sin duda, para tres diferentes interpretaciones, de acuerdo con el mundo donde se sitúe al antagonismo: en el espacio de la economía de los sistemas sociales, en el de la política de las superpotencias o en el espacio cultural de las ideologías. La elección de esos puntos de vista hermenéuticos está determinada desde luego por la lucha de las ideas que han dominado el siglo.

En la actualidad la guerra fría continúa con los medios del trabajo historiográfico, no importa si la Unión Soviética desafía al Occidente capitalista (Eric Hobsbawm) o si el Occidente liberal lucha contra los regímenes totalitarios (François Furet). Ambas interpretaciones explican de uno o de otro modo un hecho: sólo los Estados Unidos salieron fortalecidos de ambas guerras en el mundo de la economía, de la política y de la cultura, más aún: son la única superpotencia que ha sobrevivido a la guerra fría. Este resultado le ha dado al siglo el nombre de los Estados Unidos. La tercera lectura es menos clara. Mientras se use el concepto de "ideología" en un sentido neutral detrás del título "la época de las ideologías" (Hildebrand) se esconde sólo una variante de la teoría del totalitarismo: la lucha del régimen refleja la lucha de las concepciones del mundo. El mismo título señala en otros casos la perspectiva que Carl Schmitt definió de una guerra civil universal: a partir de 1917 chocaron los grandes proyectos utópicos de la democracia y de la revolución universales con Wilson y Lenin como sus representantes mayores (Ernst Nolte). Según esta crítica de la ideología cuya filiación de derecha salta a la vista la historia contrae el virus de la filosofía de la historia y se extravía de tal forma que sólo a partir del año de 1989 vuelve sobre las vías de las historias nacionales.

Desde cada una de estas tres perspectivas, el siglo XX obtiene su propio rostro. Según la primera lectura, el más grande experimento político que se haya llevado a cabo con seres humanos desafía y no le da tregua al sistema capitalista internacional. La industrialización coercitiva bajo los más crueles sacrificios le permitió a la Unión Soviética el ascenso político a una superpotencia, pero no le aseguró una base económica ni una política social superior o cuando menos una alternativa de sobrevivencia al modelo del capitalismo occidental. Según la segunda lectura, el siglo XX trae los rasgos oscuros de un totalitarismo que suspende el proceso civilizatorio iniciado con la Ilustración, destruye la esperanza de domesticar el poder del Estado y el proyecto de humanizar la convivencia social entre los individuos. La violencia totalitaria de las naciones que hacen la guerra traspasa los límites del derecho internacional del mismo modo implacable en que la violencia terrorista de los partidos únicos dictatoriales neutraliza en el interior las garantías constitucionales. Mientras desde esta perspectiva luz y sombra se reparten por igual entre las fuerzas totalitarias y sus enemigos liberales, según la tercera lectura una lectura postfascista nuestro siglo se encuentra bajo la sombra de una cruzada ideológica entre partidos, si no de la misma importancia, sí de una mentalidad semejante. Ambas partes libran un combate concepciones del mundo antagónicas entre distintos programas de filosofía de la historia, cuya fuerza fanática se debe a sus proyectos religiosos originales disfrazados de fines seculares.

En todas estas versiones aparecen los rasgos oscuros de un siglo que "inventó" las cámaras de gas y la guerra total, el genocidio bajo el mandato del Estado y los campos de exterminio, el lavado de cerebro, el sistema de la seguridad del Estado y la vigilancia panóptica de pueblos enteros. Este siglo "produjo" sin duda más víctimas, más soldados caídos, más ciudadanos asesinados, más civiles ejecutados y minorías expulsadas, más personas torturadas, violadas, hambrientas y congeladas, más prisioneros políticos y fugitivos de lo que nadie nunca habría imaginado. La violencia y la barbarie determinan el signo de la época. De Horkheimer y Adorno hasta Braudriard y Zygmunt Baumann, de Heidegger hasta Foucault y Derrida, los rasgos totalitarios del siglo se han convertido en un instrumento de los mismos diagnósticos. Pero a estas interpretaciones negativas que se dejan atrapar por el horror de las imágenes se les escapa el reverso de las catástrofes.

En efecto, los pueblos que participaron y fueron afectados necesitaron decenios para llegar a ser conscientes de la dimensión de ese terror que se advirtió primero de un modo insensible y apático: el holocausto que culmina en el exterminio metódico de los judíos europeos. Aunque primero se le reprimió y desapareció de la conciencia, este shock liberó energías y, más tarde, convicciones que en la segunda mitad del siglo localizaron la geografía del terror. Para las naciones que llevaron al mundo, en 1914, a una guerra de insólitos despliegues tecnológicos, y para los pueblos que después de 1939 reconocieron los crímenes masivos de una lucha de exterminio ideológica, el año de 1945 señala un gran viraje. Un viraje hacia una situación mejor, hacia la domesticación de las fuerzas de la barbarie que florecieron, en Alemania por ejemplo, en el suelo mismo de la civilización. ¿No aprendimos nada de las catástrofes de la primera mitad del siglo?

La división del breve siglo XX en capítulos contrae el periodo de las dos guerras mundiales con el periodo de la guerra fría y sugiere la continuidad de una guerra incesante de los sistemas, de los regímenes y las ideologías por más de setenta y cinco años. Sin embargo, aquí desaparece el significado del acontecimiento que representa un parteaguas histórico, pues no sólo dividió al siglo XX desde la perspectiva cronológica, sino también económica, política y, sobre todo, normativa. Me refiero a la derrota del fascismo. Las fuerzas liberales, de izquierda y revolucionarias sociales se reunieron por primera vez en España para defender la República. Por las características de la guerra fría se olvidó muy pronto el significado ideológico de la alianza de las potencias occidentales con la Unión Soviética, una alianza que luego apareció como "antinatural". Pero el triunfo y la derrota de 1945 descalificaron por mucho tiempo esos mitos que, desde fines del siglo XIX, se lanzaron en amplios frentes contra la herencia de la revolución de 1789. La victoria de los aliados puso no sólo las condiciones necesarias para el desarrollo democrático de la República Federal de Alemania, de Japón y de Italia, sino también de España y Portugal. Todas las legitimaciones por lo menos las que de manera verbal le rindieron tributo al espíritu de la ilustración política perdieron entonces el suelo de la realidad.

Un cambio de clima tuvo lugar, después de 1945, en el invernadero de las ideas. Sin él no habría tenido lugar la única, indudable, innovación cultural del siglo: la revolución de las artes plásticas, la arquitectura y la música. Después de 1945 el arte alcanzó una validez universal, se habló entonces en la forma del pasado de la "modernidad clásica". El arte vanguardista había creado hasta principios de los años treinta un repertorio de formas y técnicas nuevas e insólitas con las que el arte internacional, en la segunda mitad del siglo, siempre experimentó sin trascender nunca el horizonte de sus posibilidades creativas. Quizá Martin Heidegger y Ludwig Wittgenstein fueron los únicos dos filósofos que lograron escribir una obra tan original, y tener una influencia histórica tan decisiva, como la del arte vanguardista de los treinta; por cierto, ambos escribieron su obra al mismo tiempo, y ambos se apartaron del espíritu de la modernidad.

Sea como fuere, el cambio en el clima cultural constituyó el fondo de tres tendencias políticas que, desde el periodo de la postguerra hasta los años ochenta, cambiaron también el rostro de nuestro siglo: a) la guerra fría; b) la descolonización; c) la construcción del Estado de bienestar social en Europa.

A) La espiral de la carrera armamentista, tan grandiosa como exhaustiva, mantuvo a las naciones amenazadas en el terror; pero el cáculo enloquecido de un equilibrio del terror MAD era la irónica abreviatura de "mutually assured destruction" evitó como sea el comienzo de una guerra caliente. La posibilidad de que las superpotencias enloquecieran y rompieran el pacto el acuerdo racional entre Reagan y Gorbachov en Reikiavik señaló el final de la carrera armamentista nos hace ver retrospectivamente a la guerra fría como un proceso de autodominio lleno de riesgos y de alianzas entre países con armas nucleares. De igual modo puede describirse la pacífica implosión de un imperio mundial la Unión Soviética, cuyos gobernantes reconocieron la ineficacia de un modo de producción supuestamente superior y la derrota en la lucha económica, en lugar de desviar hacia el exterior los conflictos internos y transformarlos en aventuras militares

B) La descolonización tampoco fue un solo proceso lineal. En retrospectiva, las antiguas potencias coloniales sólo libraron combates en la retaguardia. Los franceses se defendieron inútilmente en Indochina contra los movimientos de liberación nacional; en 1956, los británicos y los franceses fracasaron en su aventura del canal de Suez; en 1975, los Estados Unidos pusieron fin a su intervención en Vietnam, una guerra con enormes pérdidas humanas de diez años. El año de 1945 no sólo se derrumbó el imperio del Japón derrotado, en el mismo año surgieron Siria y Libia como países independientes. En 1947, los británicos se retiraron de la India; al año siguiente, nacieron Burma, Israel, Indonesia y Sri Lanka. Más tarde lograron su independencia las regiones del Islam occidental, desde Persia hasta Marruecos, poco a poco los países del Africa central y, por último, las colonias restantes en el sudeste asiático y en el Caribe. El fin del apartheid en Sudáfrica y el regreso de Hong Kong y Macao a China clausuraron un proceso que, por lo menos formalmente, destruyó la dependencia de los pueblos coloniales. Al mismo tiempo estos flamantes países, muchas veces divididos por guerras civiles, conflictos culturales y luchas tribales, fueron aceptados como miembros con los mismos derechos en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

C) La tercera tendencia revela una ventaja inequívoca. En las democracias prósperas y pacíficas de Europa occidental y en menor escala en los Estados Unidos y en otros países surgieron economías mixtas que permitieron la continua ampliación de los derechos civiles y, por primera vez, una efectiva realización de derechos sociales fundamentales. Entre principios de los años cincuenta y principios de los setenta, el explosivo crecimiento económico mundial, la cuadruplicación de la productividad industrial y el aumento diez veces mayor del comercio internacional incrementaron a su vez las desigualdades entre las regiones pobres y ricas. Los gobiernos de los países de la OCDE, que en esos dos decenios contribuyeron con tres cuartos de la producción mundial y el 80% del comercio internacional, aprendieron tanto de las experiencias catastróficas del periodo de entre las dos guerras, que se propusieron una política económica inteligente, volcada hacia la estabilidad interna, con tasas de crecimiento relativamente altas, construyendo y ampliando un impresionante sistema de seguridad social. En las democracias masivas con un Estado de bienestar social, la forma económica altamente productiva del capitalismo se controló como nunca antes por la sociedad, y se concertó más o menos con la idea democrática de los Estados constitucionales.

Estas tres tendencias son, desde la perspectiva de un historiador marxista como Eric Hobsbawm, razón suficiente para celebrar los decenios de la postguerra como una "época dorada". Sin embargo, a partir de 1989 la opinión pública percibió el final de esta época. En los países donde el Estado de bienestar social era considerado, por lo menos en retrospectiva, como una conquista política y social, la resignación ejerce su dominio. El fin del siglo se encuentra bajo el signo de un Estado de bienestar social y un capitalismo controlado en peligro, así como la inminente resurrección de un neoliberalismo implacable. Hobsbawm narra, con el tono de un escritor de la decadencia del imperio romano, esa atmósfera melancólica y desconsolada donde sólo se escucha la estridente música tecno:

El corto siglo XX termina con problemas para los que nadie tiene una solución, ni parece tenerla. Mientras los ciudadanos del fin de siglo se abrieron un camino a través de la niebla global rumbo al tercer milenio, sólo sabían con certeza que una época histórica llegaba a su fin. No sabían mucho más que esto.

Los antiguos problemas de la paz y de la seguridad internacional, de las desigualdades económicas entre Norte y Sur, así como el peligro de los desequilibrios ecológicos eran desde entonces de naturaleza global. Todos se complican ahora por otro problema, hasta ahora desconocido, que cubre a los demás. Si en el proceso de globalización del capitalismo hay un golpe más, esta vez definitivo, se limitará también la capacidad de acción de ese grupo selecto de Estados que, al contrario de los Estados económicamente dependientes del Tercer Mundo, habían logrado conservar una relativa independencia. La creciente globalización económica significa el desafío más importante para el orden social y político de la Europa surgida de la postguerra. Una salida podría consistir en que la fuerza reguladora de la política hiciera crecer de nuevo a los mercados que escaparon al control de los Estados nacionales. ¿O la falta de una orientación iluminadora en el diagnóstico de la época nos enseña que sólo podemos aprender de las catástrofes?

III. ¿El fin del Estado de bienestar social?

Ironías de la historia. Las sociedades desarrolladas enfrentan a fines del siglo la vuelta de un problema que, al parecer, creyeron haber solucionado bajo la presión de la lucha de los sistemas. El problema es tan antiguo como el capitalismo: ¿cómo aprovechar efectivamente el descubrimiento y la localización de mercados que se regulan a sí mismos, sin tener que cargar con las distribuciones desiguales y los costos sociales que han sido, a su vez, irreconciliables con las condiciones de integración de las sociedades liberales y democráticas? En las economías mixtas de Occidente, el Estado dispuso de una parte muy importante del producto social, y también de un espacio para transferencias y subvenciones, quiero decir: para una efectiva infraestructura y una política social y de ocupación. El Estado pudo afectar el marco de la producción y la distribución para también incidir en el crecimiento, la estabilidad de los precios y el empleo. Dicho de otro modo: por una parte el Estado podía favorecer medidas que estimularan el crecimiento; por la otra, promover al mismo tiempo la dinámica económica y asegurar la integración social.

Dejando a un lado las enormes diferencias, el sector de la política social en países como los Estados Unidos, Japón y la República Federal de Alemania se extendió en los años ochenta. Sin embargo, desde entonces empezó un cambio de tendencia: el auge del rendimiento se redujo. Se dificultó el acceso a los sistemas de seguridad y aumentó el desempleo. La reforma y reducción del Estado de bienestar social ha sido la consecuencia inmediata de una política económica orientada hacia la oferta, que busca entre otras cosas una desregulación de los mercados, la reducción de las subvenciones, el mejoramiento de las condiciones de inversión, una política monetaria y fiscal antinfla-cionaria, así como la reducción de los impuestos directos, la privatización de empresas estatales y otras medidas semejantes.

La liquidación del Estado de bienestar social tuvo, sin duda, una consecuencia directa: las crisis que había logrado detener resurgieron con más fuerza. Esos costos sociales dañaron la capacidad política de integración de una sociedad liberal. Los indicadores revelan de modo inequívoco un aumento de la pobreza, de la inseguridad social, de desigualdad de los salarios; todo esto resume las tendencias de la desintegración social.1 El abismo entre los empleados, los subempleados y los desempleados aumenta cada día más. Con el aumento de los excluidos del empleo, de la educación continua, de las subvenciones estatales, del mercado de la vivienda, de los recursos familiares, surgen las subclases. Estos indigentes excluidos del resto de la sociedad ya no pueden dominar por sí mismos su propia condición social.2 Sin embargo, una falta de solidaridad como ésta destruye a la larga toda cultura política liberal, cuyo proyecto universal es imprescindible para las sociedades democráticas. Por otra parte, los acuerdos mayoritarios —que cumplen todas las formalidades— muchas veces socavan la legitimidad de los procedimientos y las instituciones, porque sólo reflejan los miedos de los grupos amenazados con el descenso social, es decir, reflejan las atmósferas populistas de derecha.

Los neoliberales que reconocen y aceptan una gran cantidad de desigualdades sociales, y que están convencidos de la justicia inherente de los mercados financieros internacionales, evalúan esta situación de modo diferente a las personas que todavía defienden los principios de "la era socialdemócrata", porque saben que los derechos sociales no son sino una suerte de fajas de la ciudadanía democrática. Pero ambas partes describen el dilema de modo muy semejante. Sus diagnósticos terminan en un hecho: los regímenes nacionales han entrado en una aventura en la que nadie gana nada, una aventura donde las inevitables metas económicas se obtienen sólo a expensas de los fines políticos y sociales. En el marco de la globalización de la economía, los Estados nacionales sólo pueden mejorar su capacidad de competencia internacional si limitan su poder estatal de configurar los sectores sociales. Todo esto justifica las "políticas de desincorporación" que dañan seriamente la cohesión social y someten a una dura prueba la estabilidad democrática de la sociedad.

Ralph Dahrendorf llama a este dilema "la cuadratura del círculo": "Se trata de unir tres cosas sin conflictos: conservar y fortalecer la capacidad de competencia en el viento huracanado de la economía internacional; no sacrificar la cohesión social ni la solidaridad; y llevarlas a cabo bajo las condiciones y en las instituciones de una sociedad libre". En este ensayo no puedo intentar una descripción aceptable de este dilema, ni tampoco fundamentarla. Se podría resumir en dos temas: 1) Los problemas económicos de las sociedades prósperas se explican por la transformación estructural que se resume con la idea de la globalización del sistema económico internacional. 2) Esta transformación restringe a los Estados nacionales de tal forma en su capacidad de acción, que las opciones que les quedan no bastan para amortiguar las indeseables sacudidas de un mercado trasnacionalizado.

El Estado nacional cuenta cada vez con menos opciones. Dos de ellas han quedado excluidas: el proteccionismo y la vuelta a una política económica orientada a la demanda. Hasta donde los movimientos del capital pueden controlarse todavía, una política proteccionista dentro de las economías nacionales, bajo las condiciones de la globalización, tendría consecuencias inaceptables. Los programas estatales de empleo fracasan actualmente no sólo por el endeudamiento de los presupuestos públicos, sino también porque han dejado de ser efectivos dentro de los marcos nacionales. Bajo las condiciones de una economía globalizada, el "keynesianismo en un solo país" ya no funciona. En este contexto, tiene más perspectivas una política de previsión, inteligente y preocupada por la adaptación de las condiciones nacionales a las de la competencia global. Las medidas acreditadas siguen teniendo solvencia: una política industrial previsora, el incremento de la investigación y el desarrollo, es decir, de innovaciones futuras, la profesio-nalización de la fuerza de trabajo, el mejoramiento de la educación, así como una coherente flexibilidad en el mercado de trabajo. Estas medidas traen a mediano plazo ventajas dentro del país; sin embargo, no transforman las desventajas en la competencia internacional. Por donde quiera uno verla, la globalización de la economía destruye siempre la tradición histórica que hizo posible transitoriamente el compromiso del Estado de bienestar social. Aunque este compromiso no sea la solución ideal de un problema inherente al capitalismo, mantuvo siempre los costos sociales dentro de límites aceptables.

Hasta el siglo XVII, en Europa se formaron Estados que se caracterizaron por el dominio soberano de un territorio, y fueron muy superiores en su capacidad de control a las antiguas formaciones políticas como antiguos reinos o ciudades-Estado. El Estado moderno se distinguió del tráfico y del mercado económicos jurídicamente establecidos por ser un Estado administrativo específico. Al mismo tiempo era un Estado recaudador dependiente de la economía capitalista. En el transcurso del siglo XIX, ese Estado se constituyó como un Estado nacional con formas democráticas de legitimación. En algunas regiones privilegiadas, bajo las circunstancias favorables de la postguerra, se desarrolló un Estado nacional que se ha convertido, mientras tanto, en un ejemplo internacional. Me refiero a un Estado de bienestar social que logró reglamentar una economía nacional intocada en sus mecanismos de autocontrol. Esta eficaz combinación se encuentra amenazada por la globalización de una economía que escapa a las intervenciones de este Estado regulador. En las actuales dimensiones, las funciones del Estado de bienestar social sólo pueden cumplirse cuando pasan del Estado nacional a unidades políticas que se adelantan en cierta medida a una economía transnacionalizada.

IV. ¿Más allá del Estado nacional?

Por todo lo anterior es necesario revisar la construcción de las instituciones supranacionales. Así se explican las alianzas económicas continentales como el TLC o la APEC, que permiten acuerdos mayores obligatorios y con bajas sanciones entre los gobiernos. Las ganancias de la cooperación son más grandes que los proyectos más ambiciosos como la Unión Europea. Porque con los regímenes continentales surgen no sólo territorios donde la moneda se unifica y se reducen los riesgos del tipo de cambio, sino uniones políticas más considerables y con funciones jerárquicas muy definidas.

Por su estructura geográfica y económica más extensa, un régimen así llegará a obtener en el mejor de los casos ventajas en la competencia económica global y fortalecerá su posición ante los otros regímenes. La creación de uniones políticas más extensas lleva a alianzas defensivas ante el resto del mundo; pero no cambia el modo de la competencia económica local, ni significa tampoco un cambio en el curso de la adaptación al sistema transnacional de la economía, ni mucho menos al intento de modificar su influencia política.

Por otra parte, estas uniones políticas cumplen con la condición necesaria para recuperar el terreno perdido de la política ante las fuerzas de la globalización de la economía. Con cada nuevo régimen supranacional se reduce el club de los actores políticos muy selectos, los que tienen una capacidad de acción global, es decir: los que son capaces todavía de pactar cooperaciones.

¿Cuánto más difícil que la unión política de los Estados europeos es el proyecto de un orden económico mundial? En todo caso, cuando este orden no sólo sea el mercado que reglamentan el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, sino el espacio de la formación de una voluntad política mundial que asegure la obligación de las decisiones políticas. Ante la presión exagerada que ejerce la globalización de la economía sobre el Estado nacional se impone en abstracto una alternativa: la transferencia a instancias supranacionales de las funciones que los Estados sociales tienen en el marco nacional. Pero en esta dimensión falta un modo de coordinación política que pueda dirigir el tráfico internacional de los mercados ante consecuencias indeseables de tipo ecológico y social. En efecto, los 180 Estados soberanos están unidos por una red de instituciones más allá de las organizaciones de las Naciones Unidas. Aproximadamente 350 organizaciones gubernamentales —de las cuales más de la mitad fueron fundadas después de 1960— tienen funciones económicas, sociales y sirven para asegurar la paz. Pero todavía son demasiado débiles para tomar decisiones políticas obligatorias y, por lo tanto, hacerse cargo de funciones normativas determinantes en los territorios de la economía, la seguridad social y la ecología.

Nadie persigue por su gusto una utopía. Mucho menos ahora cuando todas las energías utópicas, al parecer, se han desgastado. No creo que mi diagnóstico de 1985 en torno a la crisis del Estado de bienestar social y el agotamiento de las energías utópicas haya perdido actualidad por la impredecible desaparición de la Unión Soviética. La idea de una política que rebase y deje atrás a los mercados ni siquiera se ha articulado como un proyecto; en este sentido, no existe en las ciencias sociales un esfuerzo conceptual digno de mención. Habría que diseñar ejemplos de un imaginable equilibrio de intereses de todos los participantes, para contar por lo menos con el perfil de las instituciones que se harían cargo del problema. La abstinencia de las ciencias sociales se entiende si partimos del hecho de que este proyecto debería legitimarse desde los intereses reales de los Estados y sus habitantes, y llevarse a cabo por fuerzas políticas independientes. Desde la interdependencia asimétrica entre los países desarrollados, neoindustriales y subdesarrollados, en una sociedad global estratificada aparecen intereses y contradicciones irreconciliables. Pero esta perspectiva seguirá existiendo mientras no logremos institucionalizar un procedimiento de formación de la voluntad política transnacional, que apremie a los actores -capaces de una acción global a la ampliación de un global governance según sus preferencias y sus puntos de vista.

Los procesos de globalización no económicos nos han acostumbrado poco a poco a otra perspectiva: la limitación de los escenarios sociales, el mancomún de los riesgos y el encadenamiento de los destinos colectivos son cada vez más claros. Mientras el aceleramiento y la condensación del tránsito y la comunicación encoge y reduce las distancias espaciotemporales, la expansión de los mercados hasta las fronteras del planeta y la explotación de los recursos se topan con los límites de la naturaleza. El horizonte se ha contraído y no nos permite externar a mediano plazo las consecuencias de las acciones: podemos cada vez menos cargar a los otros los costos y los riesgos sin temer sanciones a los otros sectores de la sociedad, a las otras regiones lejanas, a otras culturas o a las generaciones futuras. Todo esto es evidente tanto en los riesgos ilimitados de la gran técnica como en la producción de los deshechos nocivos de las sociedades del bienestar, que amenazan todas las regiones del planeta. ¿Cuánto tiempo más podremos cargar a los sectores superfluos de la población trabajadora los costos sociales?

En efecto, nadie puede esperar de los gobiernos acuerdos internacionales y reglamentaciones que luchen contra esos peligros, como en las arenas nacionales se lucha por conseguir el apoyo y la reelección de sus candidatos, menos aún si se trata de actores políticos independientes. Cada uno de los Estados debe hacer todo esto perceptible en la política interior, sobre todo en los procedimientos de cooperación de una comunidad de Estados cosmopolita. La cuestión principal es la siguiente: si en las sociedades civiles y en los espacios públicos de gobiernos más extensos puede surgir la conciencia de una solidaridad cosmopolita. Sólo bajo la presión de un cambio efectivo de la conciencia de los ciudadanos en la política interior, podrán transformarse los actores capaces de una acción global, para que se entiendan a sí mismos como miembros de una comunidad que sólo tiene una alternativa: la cooperación con los otros y la conciliación de sus intereses por contradictorios que sean. Antes de que la población misma no privilegie este cambio de conciencia por sus propios intereses, nadie puede esperar de las élites gobernantes este cambio de perspectiva: de las relaciones internacionales a una política interior universal.

Un ejemplo alentador es la conciencia pacifista que, después de dos salvajes guerras mundiales, se ha articulado y, partiendo de las naciones que participaron en ellas, se ha extendido en muchas naciones del planeta. Sabemos que este cambio de conciencia no ha impedido las guerras locales, ni muchas guerras civiles en otras regiones del planeta. Pero como una consecuencia del cambio de mentalidad se han transformado tanto los parámetros de las relaciones entre los Estados, que la Declaración de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas condenó las guerras de agresión y los crímenes contra la humanidad y, de este modo, pudo superar el débil efecto normativo de reconocidas convenciones públicas. Es cierto: este cambio no es suficiente para lograr la institucionalización de procedimientos económicos internacionales de carácter relevante, prácticas y reglamentaciones que permitan la solución de problemas globales. Lo que falta es la urgente formación de una solidaridad civil universal (Weltbürgerliche Solidarität ) que tendría ciertamente una calidad menor a la solidaridad civil estatal dentro de los Estados nacionales. La población mundial se ha convertido, desde hace muchos años, en una comunidad de constantes riesgos involuntarios. Por esto no es imposible que, bajo la presión de ese avance histórico e inconmensurable de la abstracción, continuemos con el proceso que lleva de las dinastías locales a la conciencia nacional y democrática.

La institucionalización de procedimientos para conciliar intereses, su generalización y la construcción de intereses comunes no tendrá lugar bajo la forma (de ningún modo deseable) de un Estado universal. Deberá contar con la propia independencia, la propia voluntad y la cohesión de los antiguos Estados nacionales. ¿Pero cuál es el camino que nos lleva hacia allá? Thomas Hobbes se preguntaba: ¿cómo se pueden equilibrar las expectativas de la conducta social? En el proceso de globalización, la capacidad de cooperación de los egoístas racionales se encuentra rebasada. Las innovaciones institucionales no tienen lugar en sociedades cuyas élites gubernamentales son capaces de tales iniciativas si no encuentran antes la resonancia y el apoyo en las orientaciones valorativas reformadas de sus poblaciones. Por esta razón los primeros destinatarios de este proyecto no pueden ser los gobiernos, sino los movimientos sociales y las organizaciones no gubernamentales, es decir, los miembros activos de una sociedad civil que trasciende las fronteras nacionales. Sea como fuere, la idea nos lleva a pensar que la globalización de los mercados debe ser reglamentada por instancias políticas: las arduas relaciones entre la capacidad de cooperación de los regímenes políticos y la solidaridad civil universal (Weltbürgerliche Solidarität).

Nota y traducción de José María Pérez Gay

1W. Heitmayer: Was treibt die Gesellschaft auseinander? [¿Por qué se desintegra la sociedad?], Frankfurt, 1997.

2N. Luhmann: Jenseits der Barbarei [ Más allá de la barbarie], Frankfurt, 1996

5 décembre 2011

¿Solo la izquierda o mejor todos los de abajo? Juan Torres Lopez.

Publicado en Le Monde Diplomatique, edición española, nº 193, noviembre de 2011

El periodo de perturbaciones financieras y sociales que estamos viviendo muestra muchas carencias y frustraciones. Creo que puede decirse con razón, como los propios dirigentes más conservadores reconocen, que el sistema capitalista está registrando una falla de extraordinaria intensidad. Podría hablarse incluso de su fracaso histórico. 35.000 muertes diarias por hambre y un sistema financiero internacional que está al borde de la quiebra generalizada serían suficientes para mantener con fundamento esa afirmación. Pero, al mismo tiempo, es imposible dejar de reconocer que se ha producido un fracaso paralelo de las organizaciones de la izquierda tradicional y de los movimientos alternativos a la hora de impedir que la crisis del sistema se haya resuelto con un avance sustancial hacia la superación del capitalismo y hacia el mayor empoderamiento de las clases trabajadoras y, en general, de la población que viene sufriendo su incapacidad para satisfacer las necesidades básicas de los seres humanos.

Es cierto que este segundo fracaso tiene su origen en una contundente ofensiva previa de las fuerzas del capital que no dudó en acabar con la vida de miles de personas con tal de soslayar cualquier atisbo de cambio social que perjudicara a los grandes poderes financieros, económico y mediáticos. Y que la derrota de las fuerzas de izquierda fue debida en gran parte a las formas muy antidemocráticas o incluso fascistas que ha venido utilizando el capitalismo neoliberal de nuestra época.

Y es verdad también que el fracaso no ha sido total si se tiene en cuenta que la forma en que se resuelve la crisis está levantado una oleada planetaria de indignación, una rebeldía que se hace notar cada vez con más fuerza que quizá sea el origen no solo de protestas más o menos puntuales y localizadas sino de un nuevo espacio de lucha social y de sujetos políticos de nuevo tipo y con mucha más capacidad de impulsar cambios que los tradicionales, como está siendo en España el 15-M.

Pero, en todo caso, es evidente que estos últimos se encuentran todavía en fase muy embrionaria y que de momento no son capaces de generar la fuerza necesaria ni para frenar la ofensiva del capitalismo neoliberal ni para constituir una alternativa deseada, creíble y a la que se le tenga temor por los poderes dominantes.

Por eso creo que está completamente injustificado continuar actuando desde las filas de las izquierdas como si nada hubiera pasado, ajenos a la impotencia efectiva que padece a la hora de proponer alternativas, de hacerlas atractivas para las mayorías sociales y de frenar los continuos a ataques al bienestar, a la democracia y a la libertad que se vienen produciendo.

En mi opinión este fracaso de las izquierdas no tiene que ver solo con circunstancias coyunturales sino que es la culminación de una serie de deficiencias y limitaciones históricas muy graves en el discurso y en la práctica que venimos realizando en las diferentes sensibilidades de la izquierda.

Creo que estas limitaciones podrían resumirse en un efecto principal: la incapacidad para influir en las condiciones que generan hegemonía y consenso social debido a diversas circunstancias que podrían resumirse en las siguientes.

Los discursos de la izquierdas siguen basándose en categorías intelectuales y formales que ya no entroncan con los códigos con los que la mayoría de la sociedad percibe los fenómenos sociales. Puede ser cierto que eso responde a un empobrecimiento de los modos de analizar el mundo y a una banalización de los códigos de percepción y socialización pero la realidad es que la terminología, los tonos, las formas y los iconos de las izquierdas más o menos convencionales no encajan hoy día con el lenguaje dominante en nuestras sociedades. La prueba de ello es que al mismo tiempo que las organizaciones más tradicionales apegadas a este tipo de discurso se hacen cada vez más ajenas a la población otras de carácter más abierto, de expresión más plural y lenguaje menos nominalizado, como pueden ser ATTAC u otras asociaciones y movimientos de este tipo, como la reciente Democracia Real Ya en el seno del 15-M, son capaces de desplegar mucha más influencia y capacidad de convencimiento e incluso movilización social.

Aunque pudiera ser cierto que este fenómeno sea el resultado de los ataques injustos, de la demonización por parte de los grandes poderes mediáticos o que provenga de otros mucho menos plurales y democráticos, lo cierto es que la vieja iconografía de la banderas, de las hoces y martillos o de los discursos de las grandes categorías de la mecánicas social del XIX no permiten que haya entendimiento, empatía, entre las izquierdas que se amparan en ellos y las gentes normales y corrientes a las que se apela.

En particular, las izquierdas tradicionales parecen seguir empeñadas en entender que los cambios sociales se producen a través de la acción de sujetos colectivos impersonales (la clase obrera, el proletariado), sin percatarse de que si bien las clases siguen siendo cada vez más nítidas y reales, lo más cierto es que los cambios no los realizan las categorías sociológicas sino las personas.

A las izquierdas les falta humanidad, en el sentido más lato del término, hablarle a los ojos a las seres humanos, rozarse con ellos (como, por cierto, pasaba en los primeros hitos de los movimientos obreros organizados), gozar y sufrir con ellos, en lugar de hablarles para llamarles a la acción desde la (falsa) seguridad de que conocen sus destinos y la forma en que pueden conquistarse. Es decir, haciéndose cómplices y no dándoles órdenes.

La mayoría de las izquierdas están ancladas además en discursos maximalistas que la inmensa mayoría de la gente considera hoy día completamente extemporáneos, como consecuencia de esa especie de disociación cognitiva entre sus respectivas formas de ver la naturaleza de los asuntos sociales e incluso en las de expresarlos verbalmente.

Por otro lado, las izquierdas vienen mostrándose completamente incapaces de gobernar la diversidad, incluso su propia diversidad interna. Sigue estando asociada a depuraciones, batallas cainitas, divisiones, secesiones y a todo tipo de rupturas. No por casualidad sino como fruto de lo que acabo de señalar. Cada sensibilidad de izquierdas se presume dueña de las claves que permiten interpretar lo que ocurre en el mundo y solucionarlo. La socialdemocracia es traidora para quienes están a su izquierda, pero la izquierda comunista tradicional es reformista para la que se cree más anticapitalista y ésta última perfectamente asociable a la anterior para las anarquistas o autonomistas, y así sucesivamente. Una patología que a su vez se reproduce en el seno de cada una como se puede percibir para cualquier observador incluso lejano de lo que ocurre en la izquierda.

Eso se traduce no solo en una falta de afecto de la sociedad a quien así se comporta sino también en una desunión me atrevería a decir que visceral que impide que las respuestas frente a las agresiones del capital sean eficaces.

Se trata, a mi juicio, de una herencia pesada que sigue haciendo que la izquierda se deje llevar por el mecanicismo que se transmuta en totalitarismo cuando se desenvuelve entre algo que tenga que ver con el reparto del poder por muy insignificante que este sea. No solo en el nivel operativo o de la acción sino en el de acuerdo sobre cuestiones básicas que es increíble que aún no estén resueltas de común acuerdo: el papel de la presencia en las instituciones, del trabajo sindical, etc.

Finalmente, creo que la izquierda paga muy caro también su incapacidad para "adelantar" a la sociedad lo que le ofrece, para anticiparle de alguna forma el tipo de mundo que desea alcanzar. Salvo casos muy excepcionales, y precisamente por ello muy valiosos, y sobre todo en procesos dirigidos por experiencias de participación popular más que por la izquierda tradicional, apenas tenemos entre nosotros experiencias de nuevas formas de organización económica, financiera, social, urbana... salvo casos, como digo, muy singulares y excepcionales. Algo muy diferente a lo que ocurría en los primeros pasos de los movimientos obreros organizados cuando se creaban cooperativas, vínculos de solidaridad personal y social muy visibles y experiencias de vida en común que permitían que los trabajadores comprobasen que valía la pena optar por otro modo de vivir y de actuar.

Todo lo anterior no puede ser ajeno al desprecio de las actividades formativas, a la escasa relevancia que se da a la consistencia intelectual de la militancia de izquierdas. Es tan significativo como lamentable que no existan experiencias de escuelas, de seminarios conjuntos, de medios de comunicación compartidos, de revistas.... de izquierdas.

La cuestión estriba, pues, en reflexionar sobre si se pueden superar estas deficiencias.

A mi juicio no va a ser una tarea fácil porque se implican muchas dimensiones del problema y a muchos sujetos y organizaciones pero se trata de un reto al que están abocadas las diferentes corrientes y sensibilidades de la izquierda si no quieren ir desapareciendo y quedar definitivamente convertidas en resquicios de épocas pasadas.

El primer requisito que yo creo que hay que satisfacer es asumir que esta tarea requiere un esfuerzo gigantesco y muy sincero de convergencia. Es imprescindible unir fuerzas y llevar a cabo un acercamiento de análisis de la situación y de propuestas. Hay que superar la fragmentación, el ensimismamiento y el conformismo con ocupar una trinchera propia inexpugnable en torno a principios abstractos y cada vez más vacíos de contenido.

El segundo es el de asumir también que hay que poner en primer plano la movilización socia en su más amplio sentido. El dominio del capitalismo neoliberal tiene el inconveniente de que es extraordinariamente agresivo y criminal pero la ventaja, desde el punto de vista de hacerle frente, que afecta a clases y capas sociales muy amplias, muchas de ellas ajenas a los espacios a los que tradicionalmente se ha asociado la izquierda.

Llamar hoy día solamente a las personas de izquierdas, apelar exclusivamente a la unión de la izquierda, puede ser un prerrequisito pero no un objetivo final porque esto sería limitarse a querer movilizar a un porcentaje ya casi ínfimo de la sociedad. Se trata, por el contrario, de actuar como catalizadores de la respuesta social más amplia posible, de todos y todas "los de abajo", teniendo en cuenta que las agresiones del neoliberalismo se producen no solo a las clases trabajadoras sino a pequeños y medianos empresarios, a autónomos o profesionales, a las clases pasivas, o a los jóvenes, a las mujeres, sin distinción de ideologías e incluso de posición social.

Para ello es preciso que las izquierdas recuperen su capacidad de interlocución con la sociedad y que no se dediquen a hablar con ellas mismas, que recuperen el sentido humano de la vida política, como decía antes, que humanicen sus discursos vaciándolos de categorías nominalistas para llenarlos de fraternidad, de sentimientos y de cercanía a la gente que no necesariamente comparte ni va a compartir jamás con ella los códigos de pensamiento y lenguaje.

La izquierda, además, debe ser consciente de que es imposible llevar a cabo los cambios sociales solo con sus propios partidarios o fieles, o jugando el partido "en casa", sino que hay que hacerlos con los mimbres que hay en cada momento, con la oposición de buena parte de la sociedad a la que no se puede hacer desparecer y caminando constantemente contra la corriente. Percibir que se actúa en un mundo complejo y en medio de una constante, inevitable y gran diversidad y aprender a actuar en estas condiciones es la gran tarea pendiente de las izquierdas y sin lo cual es imposible que puedan salir adelante sus propuestas de cambio.

Yo creo que si avanzamos en esas líneas de convergencia y empatía con la sociedad será posible abordar otros pasos de los que depende la quiebra del sistema de dominio en el que estamos: rompiendo su legitimación, haciendo saltar los consensos básicos del neoliberalismo, mostrando que sus instituciones no funcionan y presentando a la sociedad nuevas alternativas.

Los movimientos de indignados, el 15M, demuestran que son muchas las personas que están dispuestas a afrontar el reto de pensar y hablar de otro modo a la sociedad para desvelar y combatir las injusticias y la explotación. Lo harán con o sin las izquierdas tradicionales así que a éstas más les vale ponerse al día, quitarse los ropajes viejos y meterse en estos nuevos espacios de la política con inteligencia y humildad.

1 décembre 2011

FUTURO POSNEOLIBERAL DE LA POLÍTICA PÚBLICA: EL INGRESO CIUDADANO UNIVERSAL. JULIO BOLTVINIK1

JULIO BOLTVINIK1


El látigo del hambre y las condiciones para su superación


Abraham Maslow, autor de la teoría de la jerarquía de necesidades, señala que la experiencia puede revalorar las necesidades más prepotentes (las fisiológicas): “un hombre que ha renunciado a su trabajo por conservar el respeto a sí mismo, y que pasa hambre por seis meses, puede estar dispuesto a volver a su trabajo aun al precio de perder su autorespeto”. A pesar del carácter monótono del trabajo y de las humillaciones que le imponen, el proletario no puede renunciar a su trabajo porque está dominado por el látigo del hambre. Robert Heilbroner ha mostrado que en la historia de la humanidad hay tres formas de resolver el problema económico fundamental, que define como la movilización de la energía humana hacia el trabajo: la tradición, la coerción o látigo literal, y el látigo metafórico del hambre. La maldición que Jehová impuso a los seres humanos expulsados del paraíso: “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, simboliza el mundo de la escasez en el que siempre ha vivido el ser humano.


Las condiciones para superar esta maldición están dadas desde hace casi medio siglo. Radovan Richta, encabezando un amplio grupo multidisciplinario de científicos checoeslovacos, afirmó en 1968 en La civilización en la encrucijada, que la automatización “elimina completamente las actividades del hombre en la producción directa y la traslada a las etapas preproductivas: a la preparación tecnológica, la investigación, la ciencia, la preparación del hombre”. La automatización hace posible eliminar el arduo trabajo físico: ganarse el pan sin el sudor de la frente. Distinguen, brillantemente, entre necesidad externa e interna: De la revolución científico técnica surge la gran esperanza de superar la alienación y recuperar el carácter creativo de la actividad humana: “una vez que el hombre cesa de producir las cosas que las mismas cosas pueden producir en su lugar, se abre ante él la posibilidad de consagrarse a una actividad creadora que movilice todas sus fuerzas, a la expansión de sus capacidades. La difusión general de estetipo de actividad humana marcará de hecho la superación del trabajo. La necesidad externa...cede su lugar a la necesidad interna del hombre... entonces desaparece la contradicción abstracta entre el trabajo y el placer, entre el trabajo y el tiempo libre: la actividad humana se confunde con la vida”.


El ingreso ciudadano universal como medio de salvación del capitalismo


Pero esta esperanza parece no poder alcanzarse en el capitalismo. El sistema salarial, esencia del capitalismo, se comprime al extremo con la automatización total porque los robots no perciben salarios ni necesitan consumir. El desempleo se generaliza y, como consecuencia, no hay suficientes compradores a quien vender los bienes producidos, que pueden crecer exponencialmente. El desarrollo de las fuerzas productivas compatible con el capitalismo, parece llegar a su fin. Esta aguda contradicción fue percibida desde el interior del sistema, por instituciones y personas interesadas en la reforma del capitalismo y no en su eliminación. Sobresale, al respecto, el economista Robert Theobald, uno de los precursores de la discusión del ingreso ciudadano. En un libro que él compiló (El sueldo asegurado2), nos da a conocer que el concepto de sueldo asegurado (“garantía absoluta a la subsistencia abundante”) aparece, “quizás por primera vez” en la novela utópica de Edward Bellamy, Looking Backward, publicada en 1888, que la “inminente realidad de la abundancia ha determinado que renaciese el interés durante la década de 1960 y que se ha afirmado que el mismo es el método más apropiado de que dispone para impedir nuevos deterioros de la justicia social y la libertad individual”. Añade que uno de los factores que ha estimulado la discusión es la conclusión que “el permanente influjo de la transformación tecnológica impedirá dar empleo a todos los que lo solicitan”, lo que llevará a la necesidad de encarar algunas transformaciones fundamentales del actual sistema socioeconómico que funciona satisfactoriamente sólo cuando la abrumadora mayoría de los que buscan empleo pueden hallarlo”.


Theobald aborda otro cambio fundamental que el sueldo asegurado traería en la condición del ser humano: “eliminaría muchas relaciones institucionales que facilitan el control y la dirección del individuo”. El mecanismo del trabajo, que ahora sirve para controlar a los subordinados, empleados y al conjunto de la población, perdería (casi) totalmente tal función. Erich Fromm, en el mismo volumen, resalta que el sueldo garantizado “por primera vez podría liberar al individuo de la amenaza del hambre, lo haría auténticamente libre e independiente de las amenazas de carácter económico, nadie tendría que aceptar condiciones de trabajo movido simplemente por el temor del hambre, la mujer podría abandonar al esposo, el adolescente a su familia”.


André Gorz, el ingreso ciudadano universal y la superación del capitalismo.


La automatización determina inexorablemente la reducción creciente del tiempo de trabajo requerido para la producción de volúmenes crecientes de bienes y servicios. La sociedad y la cultura del trabajo, la sociedad salarial, van llegando a su fin. Es la hora de distinguir, como lo ha hecho André Gorz en Miserias del presente, riqueza de lo posible3, entre “la necesidad imperiosa de un ingreso suficiente y estable” y la “necesidad de actuar, de medirse con los otros, de ser apreciado por ellos”. Pero el capitalismo confunde ambas necesidades y funda sobre ellas su poder, añade Gorz.


Pero “lo que el capitalismo ha confundido podría ser de nuevo disociado: el derecho a un ingreso suficiente y estable ya no tendría que depender de la ocupación permanente y estable de un empleo; la necesidad de actuar, de ser apreciado por los otros ya no tendría que adoptar la forma de un trabajo encargado y pagado... El tiempo de trabajo dejaría de ser el tiempo social dominante”. Más allá de la sociedad salarial se dibujan así los contornos de una nueva civilización que corresponde a la aspiración mayoritaria a una vida multiactiva y a una autonomía que va más allá de la que muchas empresas han debido conceder a los trabajadores para superar el ‘fordismo-taylorismo’.


La sociedad del trabajo será reemplazada por la sociedad de la multiactividad, cambio necesario para la supervivencia (o reconstitución) de una sociedad en la cual personas y empresas puedan desarrollarse sacando partido de la nueva naturaleza de las fuerzas productivas y en la cual las formas de empleo flexibles, discontinuas, evolutivas, lejos de ser motivo de desintegración social, den nacimiento a nuevas formas de sociabilidad y de cohesión.


Gorz concluye que la sociedad de la multiactividad es otra sociedad, que el trabajo asalariado y el capitalismo deben desaparecer. Añade que para desarrollar la multiactividad será preciso que la sociedad se organice a tal fin por medio de un conjunto de políticas específicas que dispongan el espacio y el tiempo sociales de manera que todos esperen de todos que acumulen o alternen una pluralidad de actividades y de modos de pertenencia. Gorz plantea políticas tendientes a: garantizar a todos un ingreso suficiente; combinar la redistribución del trabajo con la reapropiación individual y colectiva del tiempo; y favorecer el florecimiento de nuevas sociabilidades, nuevos modos de cooperación e intercambio. Concebida por André Gorz como requisito de la sociedad de la multiactividad (que sustituiría a la del trabajo), la idea del Ingreso Ciudadano Universal ha dado lugar a la formación de la amplia Red Renta Básica, de la cual existen también ramas en Brasil y Argentina y próximamente en México. El senador brasilero Eduardo Suplicy relata que el alcalde de Brujas adoptó, en 1526, un programa de garantía de ingreso mínimo por recomendación de Juan Luís Vives; que Thomas Paine argumentó en 1795 que toda persona que tuviese tierra propia “debería destinar una parte de su rendimiento para un fondo que a todos pertenecería y del cual se pagaría a cada persona una renta básica como un derecho inalienable que fue abolido cuando fue instituida la propiedad privada”. Describe la experiencia de Alaska donde hay un fondo alimentado por impuestos al petróleo y del cual cada residente recibe 1700 dólares al año4.


Al referirse al ingreso ciudadano universal, Gorz (en Miserias del presente, riqueza de lo posible, p. 91) señala que debe reunir dos condiciones: ser suficiente para evitar la pobreza, y ser incondicional. La garantía de un ingreso inferior al mínimo vital es la postura de los neoliberales friedmanianos que buscan obligar a los desempleados a aceptar empleos con salarios recortados para volver rentables puestos de trabajo que ahora no lo son. En esta categoría ubica Gorz el workfare que asocia el derecho a una asignación de base muy baja (el welfare) con la obligación de trabajar sin pago o con pago mínimo. Gorz advierte que si el ingreso ciudadano universal es muy bajo puede convertirse en una subvención a los empleadores e impulsar la desregulación, precarización y flexibilización del trabajo (pp. 92-93).


En cambio, la asignación a todo ciudadano de un ingreso social de base suficiente “no apunta a forzar a quienes lo reciben a aceptar cualquier trabajo... [más bien] debe permitirles negarse a las condiciones de trabajo indignas, y [debe darles] la posibilidad de arbitrar entre el valor de uso de su tiempo y su valor de cambio, es decir entre las ‘utilidades’ que puede comprar vendiendo tiempo de trabajo y las que puede producir por la auto-valorización de ese tiempo... No debe dispensar de todo trabajo sino, por el contrario, volver efectivo el derecho al trabajo: no al ‘trabajo’ que se tiene porque a uno se lo ‘dan’ para hacer, sino al trabajo concreto que se hace sin que sea necesario que a uno le paguen...” (p.93).

Gorz analiza las razones por las cuales aceptó la idea de un ingreso social que permita ‘vivir sin trabajar’:


1) Cuando la inteligencia y la imaginación se convierten en la principal fuerza productiva, el tiempo de trabajo deja de ser la medida del trabajo.


2) La incondicionalidad del derecho a un ingreso de base suficiente levanta objeciones entre partidarios liberales y socialistas del ingreso ciudadano universal: ¿no va a producir una masa creciente de ociosos que viven del trabajo de los demás? Esta objeción enfrenta la dificultad de qué contenido darle al trabajo obligatorio que se exigiría como contrapartida de la asignación de base. Algunas respuestas, que trataron de evitar que este trabajo compitiera con el trabajo regular, terminaron proponiendo el absurdo de convertir el ingreso ciudadano universal en la remuneración del trabajo voluntario obligatorio.


3) El ingreso ciudadano universal es lo que mejor se adapta a una evolución que hace del nivel general de los conocimientos la fuerza productiva principal, ya que una de sus funciones es hacer del derecho al desarrollo de las capacidades de cada uno el derecho a una autonomía que trasciende su función productiva y existe por y para ella misma.


4) La objeción a los partidarios del ingreso ciudadano universal ¿de dónde van a sacar el dinero? pone el dedo en el callejón sin salida en el cual se interna el sistema debido a que a pesar de que el tiempo de trabajo ha dejado de ser la medida de la riqueza creada, sigue siendo la base de los ingresos de la mayoría. Cita una ‘metáfora’ de Wassily Leontief que sintetiza el punto: “Cuando la creación de riquezas no dependa más del trabajo de los hombres, éstos morirán de hambre en las puertas del Paraíso, a menos que se responda por medio de una nueva política de ingreso a la nueva situación técnica” (pp.95-99).


Leontief plantea así la consecuencia extrema de la contradicción entre desarrollo de las fuerzas productivas (que hace posible la automatización casi total) y las relaciones sociales de producción, que imponen que el tiempo de trabajo siga siendo la base del ingreso de la mayoría. Gorz sostiene que la consecuencia última del ingreso ciudadano universal es que equivale a una puesta en común de las riquezas socialmente producidas. El PIB se convierte en un verdadero bien colectivo, producto de un trabajo colectivo en el cual es imposible evaluar la contribución de cada uno, volviendo obsoleto el principio de a cada uno según su trabajo.


Según Gorz el ingreso ciudadano universal extrae el sentido más alto posible sobre el cual se abre la evolución presente. Hace aparecer la apropiación individual y colectiva del tiempo que ha quedado disponible como apuesta mayor, y la aptitud a la autonomía, la aptitud individual y social de sacar partido del tiempo disponible, de llenarlo de goce y de sentido, como virtud cardinal. Remite de entrada a esa otra sociedad que se diseña en la prolongación de las tendencias en obra. (p.101)

El término último, continúa Gorz, al que remite la asignación incondicional de un ingreso social de base es el de una sociedad donde la necesidad de trabajo no se hace sentir más como tal porque todos, desde la infancia, son solicitados por una abundancia de actividades diversas y llevados a ellas, donde los medios de producción y de autoproducción son accesibles a todos a toda hora, donde los intercambios lo son ante todo de conocimientos, no de mercancías, y ya no tienen necesidad de ser mediados por el dinero (p.102). El tiempo libre permite a los individuos desarrollar capacidades (de invención, de creación, de concepción, de intelección) que les confieren una productividad casi ilimitada. Ese “tiempo liberado para su propio desarrollo” es lo que permite tomar como fin el “libre desarrollo de las individualidades”, su “formación artística, científica, etcétera” (Marx). Y ese desarrollo libre de las individualidades es lo que reaparece en la producción como capacidad de crear una variedad ilimitada de riquezas con un gasto muy pequeño de tiempo y de energía.


El pleno desarrollo de las fuerzas productivas permite hacer de la producción una actividad accesoria. Hace del hecho de maximizar el tiempo disponible, y no ya la producción, el sentido y el fin inmanente de la razón económica. La verdadera economía lleva a la eliminación del trabajo como forma dominante de actividad y la reemplaza por la actividad personal. Esto es lo que hay que querer políticamente y volver tangible por medio de cambios realizables desde la actualidad.


1 Doctor en Ciencias Sociales y político mexicano, profesor-investigador de El Colegio de México. 2 Paidós, Buenos Aires, 1968. 3 Paidós, 1997.

4 “Perspectivas del movimiento internacional por el ingreso ciudadano” en Pablo Yanes (coord.) Derecho a la Existencia y libertad real para todos: Ingreso ciudadano universal, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2007, pp.238-242.

7